Teatro: santiagueños a puro talento y emoción
21.05.11

El grupo santiagueño Mareaje ofreció anoche una deliciosa versión de “La edad de la ciruela”, de Arístides Vargas, en la recta final de la 26ta. Fiesta Nacional del Teatro, que finaliza hoy en esta ciudad de la región de Cuyo.

Con un octeto totalmente femenino, la pieza -que tuvo varias versiones desde 2002 e incluso una cordobesa en este festival- narra las vicisitudes de varias mujeres, en especial dos hermanas, que reviven la opresión sufrida por las tradiciones patriarcales en un pueblo chico.

Con mucha gracia y potentes interpretaciones, la obra responde a un trazado literario que se refuerza por un relato en off que organiza las acciones en el tiempo y que trae reminiscencias temáticas de Ángeles Mastretta o Laura Esquivel y aun de autores españoles de principios del siglo XX.

El tema es la mujer, que Vargas desarrolla con una sensibilidad notoria, en todos sus repliegues, frente a los hombres y al poder, el sexo y la mentira y la inevitable necesidad de encontrar libertades más allá de las tradiciones que sometieron a las generaciones pasadas.

La dirección de Luis Lobo tuvo el buen tino de dosificar el tono de comedia dominante a través de las encantadoras criaturas de Vargas, como las dos hermanas en sus diferentes edades, la tía desquiciada y la criada que desea exorcizar las taras adquiridas durante 30 años, para rematar la acción a puro sentimiento.

La obra siempre fue extraña en el panorama del teatro argentino actual, sobre todo en el segmento independiente, donde la emoción y lo sentimental son vistos en forma desdeñosa para ser sustituidos por el humor ácido, el cinismo y la negación de la subjetividad ajena.

De lo último habla “Mundo portátil”, de Mar del Plata, una pieza de Adrián Canale y Paola Belfiore que no fue bien recibida por parte del público, en desacuerdo con su planteo anárquico sobre la soledad de las personas en la sociedad actual.

La obra es, sin embargo, el esbozo de algo que con más rigurosidad hubiera sido un fuerte alegato sobre las relaciones humanas, las parejas que se juntan y se separan, los que apuestan al aislamiento y la violencia que todo ello conlleva, aunque olvida a la indiferencia, una de las taras de gran predicamento.

El director Canale, responsable de excelentes versiones de “Las descentradas”, de Salvadora Medina Onrubia, y “Amanda y Eduardo”, de Armando Discépolo en su sala porteña Puerta Roja, pasea a su troupe de pared a pared, la somete a ejercicios rudos, la hace pelear y sufrir, pero el convencimiento aparece sólo de a tramos.

Tampoco fue muy efectiva la presentación de “Contrainteligencia”, de Nicolás Allegre, un autor especializado en humor, por el grupo Los Gregorianos, de Formosa, sobre el secuestro de un peligroso mandamás por un comando guerrillero que lo secuestra y juzga a la manera de los 70.

El tema político viene mezclado con una iconografía infanto-juvenil de la que participan la Pantera Rosa, Tribilín y el Perro Pluto, pero todo no pasa de la simpatía de los intérpretes y algún acierto de la dirección de Lázaro Mareco, quienes quizá sean ajenos al drama real que vivieron las militancias en el pasado reciente.

Menos comprometida con la realidad, “Las obras de las mujeres”, de Oscar Canto, por el elenco Sin Anestesia, de Santa Cruz, mostró a una buena actriz en cierne (Gabriela Caligiuri) como contratante de una asesina profesional de maridos (Mónica Arrighi).

Al parecer, esa esposa es una mujer de pasiones tan grandes que desea despachar a su amado esposo (Oscar Canto) para poder situarlo en un particular recuerdo póstumo; pero aparte de algún apunte certero sobre la convivencia de pareja, la diversión no va más allá.

Por su parte, la compañía riojana PosDanza presentó “Surcos de soledad”, una obra sin palabras en la que la imagen prima, ayudada por una elaborada iluminación y una banda sonora a base de Atahualpa Yupanqui, para contar la polvorienta historia de un grupo de campesinos sometidos a la rigurosidad de sus rutinas.

Hay una clara referencia a la muerte -la real y la interna- desde un principio, como metáfora de esas no-vidas, que va acompañadas por otras vinculadas a lo religioso, pero la extrema morosidad de la acción dificulta la empatía con sus desventurados protagonistas.

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