Lihué Calel un oasis verde en medio de la Pampa seca
09.04.11

El microclima de las serranías de Lihué Calel, junto a un salitral de La Pampa en una de las zonas más yermas del país, es una bocanada de humedad, con agua y bosques que albergan unas 240 especies animales y la mitad de las que componen la flora de la provincia

Por Fuente Telam

Desde la solitaria “ruta de la muerte”, que atraviesa La Pampa en diagonal desde el suroeste, esas elevaciones surgen azuladas, como una pincelada apenas más oscura que el cielo en el lejano horizonte de esa llanura de bajos pajonales hasta el fin del mundo visual.

Tras un largo viaje por la ruta 152 con sus interminables rectas, las sierras pueden parecer otro espejismo de los que la mitología urbana les adjudica a todos los desiertos, pero son formaciones reales, con una biósfera tan compleja como sensible que motivó la creación del Parque Nacional Lihué Calel para protegerla.

A la 152 aún la llaman “la ruta de la muerte”, debido a accidentes fatales causados por la monotonía y soledad del trayecto, que generan sueño o entumecimiento de reflejos, y a veces al viento.

Aunque las sierras no son un espejismo, su imagen no está exenta de las ilusiones ópticas con que juegan todos los desiertos, porque no son tan altas como parecen desde la ruta en contraste con la infinita llanura, ya que la más elevada no llega a los 600 metros de altitud, y de más cerca se comprueba que tampoco son azules.

El parque, que incorporó recientemente el salitral Levalle y cuenta con pequeños bosques y dos arroyos que no siempre tienen agua, es hábitat de una variedad faunística insólita para la región.

En sus 20 mil hectáreas habitan 173 tipos de aves, 42 de mamíferos, 25 de reptiles y cuatro de anfibios, además del 50 por ciento de las 850 especies que componen la flora de la provincia.

También hay restos arqueológicos de sus primeros habitantes, como enterratorios y petroglifos, y de la historia posterior, que incluye la dinastía de los Curá, las rastrilladas indígenas, la Campaña al Desierto y la estancia Santa María.

Desde la ruta, un camino de ripio en suave pendiente baja hasta el pedemonte, donde junto al arroyo Namuncurá -un agonizante hilo de agua entre rocas y pastos- hay un camping, con mesas, sanitarios y duchas, en medio de un bosque de caldenes y sombras de toro.

Bajo estos árboles, la retama y la hierba son de un verde fresco y en la sombra zumban numerosos insectos que se guarecen del calor, a pocos metros del promontorio donde está la oficina de guardaparques.

Las sierras, vistas desde el camping, pierden su tono azulado y en sus numerosas rocas de origen volcánico fragmentadas predomina el rojo oscuro, con espacios verdosos, blancos y amarillos, según los líquenes, residuos salitrosos y minerales de su superficie.

Con un poco de audacia y mucha agua de reserva, a la tarde se pueden recorrer los seis kilómetros de la senda que bordea el Namuncurá, al final de la cual se puede seguir el curso del Arroyo de las Sierras por el sendero de interpretación Valle de las Pinturas.

El recorrido, que lleva a las pinturas rupestres, cuenta con carteles explicativos sobre estas obras ubicadas al final de sus 600 metros bajo un alero natural de piedra, con sus imperecederas líneas negras sobre rojo ladrillo, figuras geométricas similares a guardas y círculos concéntricos.

El ascenso al cerro De la Sociedad Científica es uno de los paseos más interesantes, hasta el mirador natural de la cima -590 metros de altitud-, que permite ver todo el parque y sus alrededores.

El cielo está siempre dominado por los rapaces de la región, como águilas, jotes, caranchos y halcones, que sobrevuelan en círculos en busca de alimento o simplemente flotan con las corrientes cálidas.

La subida demanda una caminata de mediana dificultad de unos mil metros que recomiendan hacerla muy temprano, ya que en las horas más tórridas el visitante puede sufrir insolación o deshidratación, porque es difícil que pueda cargar toda el agua necesaria.

Otra opción es el circuito del Valle de los Angelitos, un recorrido circular que parte de la oficina de guardaparques, durante el cual se pueden avistar desde muy cerca, bajo caldenes y sombras de toros, familias de guanacos, jabalíes y hasta algún ciervo colorado que descansa en la quietud de la siesta, entre espinales y alpatacos. Como todos los recorridos del parque, se puede realizar a pie, pero sus aproximadamente 15 kilómetros hacen aconsejable utilizar algún vehículo.

A diferencia de otros parques nacionales, nadie va a Lihué Calel de vacaciones y la mayoría de sus visitas son fanáticos de la observación de fauna, estudiosos de la biodiversidad y gente de paso, que aumentó desde que la ruta fue arreglada y muchos la utilizan para viajar entre Buenos Aires y San Carlos de Bariloche.

Según los guardaparques, también llegan contingentes de alumnos de colegios y universidades de La Pampa, en salidas de esparcimiento y de contacto con la naturaleza o como parte de su formación.

Como el acceso y uso del camping son gratuitos, a veces paran viajeros a quienes la noche los alcanza en la ruta y, aunque ahora está asfaltada, bien señalizada y más concurrida, el mote no deja de inquietarlos y prefieren no conducir y pernoctan en ese pequeño oasis.

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